El 2 de noviembre, el Banco Central del Paraguay resolvió iniciar la intervención de Ueno Bank, un poderoso conglomerado privado con un perfil de “banca popular”. En cuestión de horas, tres millones de clientes, casi la mitad de la población del país, quedaron sin acceso a sus ahorros. Aparte, en aquellas bóvedas digitales dormían más de 800 millones de dólares del Estado: fondos de jubilados del IPS, de la eléctrica estatal ANDE y de Itaipú. La vieja y renovada historia del saqueo neoliberal. |
Cuando asumió su cargo, el presidente Santiago Peña (economista del FMI y aliado de Trump), puso al frente del Banco Central a quien había presidido la financiera antecesora de Ueno. El mismo Peña había sido accionista del propietario del banco, el Grupo Vázquez. Durante su gobierno, los depósitos públicos en esa entidad crecieron hasta un tercio del total. |
La gente salió a la calle y organizó vigilias frente al Congreso y (razonablemente) atacó sucursales del banco. El jueves 5, Peña renunció. El Congreso dejó la renuncia en suspenso para que el juicio político le quitara los fueros. Un día después, el presidente fue destituido por “mal desempeño de funciones”, según el artículo 225 de la Constitución, y puesto bajo arresto domiciliario. Este pedazo de historia que le acaba de regalar Paraguay al mundo es significativo, porque no hay democracia cuando los poderosos no le temen al pueblo, sino al revés. |
Claro que esto no es una revolución, pero algo es algo. La calle obligó al palacio a sacrificar una pieza para salvar el tablero y el Partido Colorado (el de Stroessner, el que gobierna el país desde 1947 con la sola interrupción de Fernando Lugo) le soltó la mano a su propio presidente. La oposición liberal y la centroizquierda promovieron el juicio. |
Paraguay es una sociedad más conservadora que la argentina y la uruguaya. Católica, ruralista, educada por generaciones en el miedo y la obediencia al patrón y al partido. Cuando una sociedad acostumbrada a sufrir en silencio se levanta, no es porque haya leído a Marx. Es porque la historia de América latina está cruzada de opresiones, largas sumisiones y explosivas rebeliones. Rara vez, por alguna revolución con un plan popular. |
La historia más reciente también es conocida. En los noventa, Menem y Cavallo vendieron la convertibilidad como un milagro y las privatizaciones del Consenso de Washington como modelo de desarrollo. El milagro terminó en 2001, con el mismo Cavallo decretando el corralito y un presidente huyendo en helicóptero mientras los camiones blindados fugaban los ahorros del pueblo ―hoy, la misma operación requiere el esfuerzo de un teclado. En Bolivia, Sánchez de Lozada privatizó lo que pudo; en 2000 el pueblo de Cochabamba expulsó a la Bechtel en la “Guerra del agua” y en 2003, luego de la “Guerra del gas” y decenas de muertos, el presidente se fugó a (guess what) Miami. En Ecuador, el feriado bancario de 1999 y la dolarización le costaron el cargo a Mahuad. Aun antes, el Caracazo de 1989 había anunciado el final de otro ciclo neoliberal en Venezuela. La ficción neoliberal siempre termina de la misma forma, y siempre es premiada con el olvido. |
La misma historia más al centro del mundo. En 2011, los indignados del 15-M llenaron las plazas de España con un grito simple: “no nos representan”. Ese mismo año, Occupy Wall Street recordó en Nueva York que el uno por ciento decide por el 99. En 2018, los chalecos amarillos de Francia exigieron un referéndum de iniciativa ciudadana que incluyera la posibilidad de revocar mandatos. En Estados Unidos, las elecciones de este martes muestran un rechazo masivo de los jóvenes a la política tradicional… |
Pero las sectas tienen el poder de la unión y siempre sobreviven a las revueltas y rebeliones ―no a la tercera R de revolución. Fueron ellas quienes secuestraron la política y la recluyeron en los congresos para domesticarla. Al ciudadano se le concede un día cada pocos años, luego de aturdirlo con propaganda adictiva. El resto del tiempo es espectador o defensor del sistema que decide por él. |
En 2002 Boaventura de Sousa Santos editó, con otros autores, Democratizar la democracia, en el cual identificó el modelo liberal hegemónico como una “democracia de baja intensidad”, reducida al procedimiento electoral y a la delegación. Ese modelo, decía, sufre una doble patología: la de (1) la participación, traducida en el abstencionismo, y (2) la representación, en ciudadanos que no se sienten representados. Frente a eso propuso la demodiversidad y la complementariedad entre democracia representativa y participativa. |
Cada vez que un pueblo protesta contra un gobierno elegido, aparece el mismo sermón: “lo votaron, ahora se aguantan”. Es el dogma de que un político, por haber ganado una elección (financiada por donaciones, presiones y extorsiones de las élites oligárquicas y financieras), tiene un cheque en blanco hasta el final de su mandato. Puede vender lo que no es suyo, endeudar generaciones futuras, invertir el dinero de los jubilados donde se le antoje. El voto, según esta teología, es un sacramento irrevocable. |
Ninguna empresa funciona así. Ningún directorio espera cuatro años para sustituir a un CEO que no le conviene. Sólo aquí se aplica el raro “derecho a despedir al jefe”, limitado a una elite. Repitamos lo de hace más de una década: “Lo peor que le puede pasar a una democracia es dejar a la política en manos de los políticos” ―y que los elegidos se recluyan en sus palacios legislativos. |
No estamos ante la crisis de un banco ni de un presidente. Estamos ante el agotamiento de un sistema que concentra la “riqueza privatizada” (el poder) a un ritmo sin precedentes. Las guerras se multiplican, el lavado de dinero a través de las inversiones y de los impuestos se protege con más leyes, más propaganda o más represión. |
Las redes sociales, que prometieron ser el ágora del siglo XXI, se convirtieron en una terapia de grupo donde se insulta a desconocidos, se discute con bots y, como en un antiguo confesionario, se entrega las emociones propias al control ajeno. Una terapia que ni cura ni alivia; intoxica. Cuando hubo asambleas populares con poder de decisión, se las demonizó o se las masacró, como lo demuestra la historia de nuestro continente hasta el hastío. Lejos estamos de la verdadera democracia, como la practicaron los iroqueses, donde todos tenían voz y nadie podía acumular hasta comprar la voz ajena. Aquellos pueblos que vivían en asambleas y recomendaban a sus embajadores y mensajeros no hablar con espíritus desconocidos, porque las palabras son el acceso al alma y con ellas un impostor puede robarla fácilmente. |
Los paraguayos nos recordaron que la calle todavía puede sustituir a un jefe. Pero el reemplazo lo eligió el mismo partido, en el mismo Congreso, con los mismos padrinos. Cambió el capataz, no el dueño de la estancia. La próxima vez, tal vez, no bastará con pedir que se vayan todos. Habrá que decidir quiénes vienen, cómo se los controla y cómo se los despide. Sin asambleas con voto y consecuencias, la indignación seguirá siendo lo que el poder más desea: una catarsis. |


