Publicado el 10 jun. 2026 | Cultura
El país entero ha sido testigo del inmenso acto de amor tributado a un músico que supo interpretar el nervio más vibrante de un Pueblo. Los testimonios no arrojan duda alguna. El arte del Indio Solari posibilitó para muchos un cambio de vida, el encuentro con pares, la tramitación de intensas pasiones y la posibilidad de terminar con un encierro que amenazaba dejarlos muertos en vida. En otras palabras, los conciertos del Indio confluyeron en lo más íntimo de las personas. Si lo privado remite al aislamiento que pone distancia respecto del semejante, lo íntimo en cambio habita en un pliegue de lo público. A diferencia del ensimismamiento de la soledad, lo íntimo convoca al Otro. Desde este punto de vista el millón de personas que se acercó a Villa Domínico para despedir a ese amado poeta insinúa una reserva simbólica de inestimable valor. Una suerte de catalizador para el reencuentro de vertientes populares encerradas en su privado claustro de enquistados narcisismos, lamentable saldo del generalizado desvarío que hoy habitamos. Y es que pasaron cosas.
Una reciente catástrofe sanitaria forzó la cancelación del duelo en nuestro país. Todavía no hemos colegido las consecuencias de semejante corto circuito subjetivo. Un flagelo que por remitirse a la ceremonia más propiamente humana trasciende por largo el ámbito de una o varias familias para así trasladarse a todo un cuerpo social, ya de por sí lacerado a causa de la tragedia de los desaparecidos durante el terrorismo de estado. De hecho, ausencia de duelo y locura guardan una muy especial relación. En su comentario sobre la tragedia de Hamlet, Lacan observa que: “…el duelo, que es una pérdida verdadera, intolerable para el ser humano, le provoca un agujero en lo real. La relación que está en juego es la inversa de la que promuevo ante ustedes bajo el nombre de Verwerfung cuando les digo que lo que es rechazado en lo simbólico reaparece en lo real”[1].
Verwerfung es el rechazo de lo simbólico que da paso a la locura. Es decir, lo que no se tramita en lo simbólico retorna en lo real: violencia; pasajes al acto; melancolía; paranoia y toda la gama de padecimientos psíquicos que la experiencia humana testimonia por su trágica condición y que hoy están a la orden del día en este sufrido suelo criollo. Cuestión que la desquiciada obscenidad de quien nos gobierna -atentado a la intimidad si los hay- sumado al adictivo consumo de las pantallas terminan por arrojar su secuela de aislamiento y depresión.
Si la ceremonia de llorar ante una tumba -paradigma de la escritura y la memoria, si los hay- nos recuerda la necesidad de vivir en comunidad, su cancelación nos arroja en la desquicia del sin límites. Luego: el In- dividuo, esa enfermedad social que sacrifica la intimidad a manos de lo privado. Nuestra perspectiva nace de la hipótesis según la cual, en la alarmante y actual pasividad ante el atropello libertario, concurre la cancelación de esa esfera que por excelencia nos define como seres sujetos a la finitud: la intimidad, cuya instancia habilitante no es otra que la ceremonia del duelo. Compartir el dolor, o sea.
De allí la llamativa dificultad que esta sociedad parece tener para para reconocer lo que ha perdido en los últimos años y así poner un límite al atropello de una administración desquiciada. Dado que en la intimidad de cada corazón jamás se llora por un solo objeto, la inmensa ceremonia protagonizada hace unas horas parece sugerir que algo del duelo -de asumir la pérdida- está emergiendo en esta muy alterada comunidad.
Para terminar, en algunos pueblos indígenas de la cosa noroeste del Pacífico (los Haida Nation, los Kwakwaka'wakw, los Tlingit y otros grupos) se acostumbraba a celebrar la ceremonia del Potlach. La misma consistía en la destrucción de bienes, cual necesidad de ofrenda o límite al exceso. O sea: Cosa de Indios. Como aprender a soltar, para estar vivos cuando asome la muerte.
*Psicoanalista. Doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires.
[1] Jacques Lacan (1958-1959) El Seminario; Libro 6 “El deseo y la interpretación”, Buenos Aires, Paidós, 2014, p. 371.
Foto de portada: La última foto del Indio, tomada el jueves 4/6/2026 por Gastón Daus.
Fuente: Liliana López Foresi
El país entero ha sido testigo del inmenso acto de amor tributado a un músico que supo interpretar el nervio más vibrante de un Pueblo. Los testimonios no arrojan duda alguna. El arte del Indio Solari posibilitó para muchos un cambio de vida, el encuentro con pares, la tramitación de intensas pasiones y la posibilidad de terminar con un encierro que amenazaba dejarlos muertos en vida. En otras palabras, los conciertos del Indio confluyeron en lo más íntimo de las personas. Si lo privado remite al aislamiento que pone distancia respecto del semejante, lo íntimo en cambio habita en un pliegue de lo público. A diferencia del ensimismamiento de la soledad, lo íntimo convoca al Otro. Desde este punto de vista el millón de personas que se acercó a Villa Domínico para despedir a ese amado poeta insinúa una reserva simbólica de inestimable valor. Una suerte de catalizador para el reencuentro de vertientes populares encerradas en su privado claustro de enquistados narcisismos, lamentable saldo del generalizado desvarío que hoy habitamos. Y es que pasaron cosas.
Una reciente catástrofe sanitaria forzó la cancelación del duelo en nuestro país. Todavía no hemos colegido las consecuencias de semejante corto circuito subjetivo. Un flagelo que por remitirse a la ceremonia más propiamente humana trasciende por largo el ámbito de una o varias familias para así trasladarse a todo un cuerpo social, ya de por sí lacerado a causa de la tragedia de los desaparecidos durante el terrorismo de estado. De hecho, ausencia de duelo y locura guardan una muy especial relación. En su comentario sobre la tragedia de Hamlet, Lacan observa que: “…el duelo, que es una pérdida verdadera, intolerable para el ser humano, le provoca un agujero en lo real. La relación que está en juego es la inversa de la que promuevo ante ustedes bajo el nombre de Verwerfung cuando les digo que lo que es rechazado en lo simbólico reaparece en lo real”[1].
Verwerfung es el rechazo de lo simbólico que da paso a la locura. Es decir, lo que no se tramita en lo simbólico retorna en lo real: violencia; pasajes al acto; melancolía; paranoia y toda la gama de padecimientos psíquicos que la experiencia humana testimonia por su trágica condición y que hoy están a la orden del día en este sufrido suelo criollo. Cuestión que la desquiciada obscenidad de quien nos gobierna -atentado a la intimidad si los hay- sumado al adictivo consumo de las pantallas terminan por arrojar su secuela de aislamiento y depresión.
Si la ceremonia de llorar ante una tumba -paradigma de la escritura y la memoria, si los hay- nos recuerda la necesidad de vivir en comunidad, su cancelación nos arroja en la desquicia del sin límites. Luego: el In- dividuo, esa enfermedad social que sacrifica la intimidad a manos de lo privado. Nuestra perspectiva nace de la hipótesis según la cual, en la alarmante y actual pasividad ante el atropello libertario, concurre la cancelación de esa esfera que por excelencia nos define como seres sujetos a la finitud: la intimidad, cuya instancia habilitante no es otra que la ceremonia del duelo. Compartir el dolor, o sea.
De allí la llamativa dificultad que esta sociedad parece tener para para reconocer lo que ha perdido en los últimos años y así poner un límite al atropello de una administración desquiciada. Dado que en la intimidad de cada corazón jamás se llora por un solo objeto, la inmensa ceremonia protagonizada hace unas horas parece sugerir que algo del duelo -de asumir la pérdida- está emergiendo en esta muy alterada comunidad.
Para terminar, en algunos pueblos indígenas de la cosa noroeste del Pacífico (los Haida Nation, los Kwakwaka'wakw, los Tlingit y otros grupos) se acostumbraba a celebrar la ceremonia del Potlach. La misma consistía en la destrucción de bienes, cual necesidad de ofrenda o límite al exceso. O sea: Cosa de Indios. Como aprender a soltar, para estar vivos cuando asome la muerte.
*Psicoanalista. Doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires.
[1] Jacques Lacan (1958-1959) El Seminario; Libro 6 “El deseo y la interpretación”, Buenos Aires, Paidós, 2014, p. 371.
Foto de portada: La última foto del Indio, tomada el jueves 4/6/2026 por Gastón Daus.





