• 7 de junio de 2026, 15:36
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Oración, fastidio y buena suerte

Por Martín Rodríguez

(A mi hermano Emiliano Quinteros)


La concesión no era lo suyo, aunque en los últimos años aflojó, abrió su cortina de hierro, puso el viejo misterio más a la luz para que se conozca a un Indio de carne y hueso viendo la bendita tele y dando opinión sobre lo que veía. Como uno más. Sus adhesiones a causas políticas ahora las podía explicitar, del misterioso Oktubre a un voto más cantado. Llegó la tormenta de exhibicionismo del nuevo siglo, la rebelión del público que le va rompiendo el aura a todo misterio, incluso a uno tan cuidado, como el ricotero. No salió intacto de su solemnidad porque el defecto del Indio era contra una condición de este siglo: se tomaba demasiado en serio en un tiempo que pide que nos tomemos todo en joda. El retroceso infernal del siglo 21: vivimos ya en el pogo más grande del mundo. El hormiguero fue pateado. La fortaleza de su casa, último vestigio de otro reinado del siglo pasado.

   

Como todos los que vivieron los años 70, 80 y 90 y sobrevivieron, algo suyo casi definitivo fijó domicilio ahí. La contracultura de los 70. La nueva Roma de la democracia: hay que transgredir la propia conciencia. Preso en libertad. En los 90 vivimos dos emociones: ver a Charly y no saber qué podía pasar en el escenario; ver a los Redondos y no saber qué podía pasar en el campo. Soy de la quinta de Lobo Suelto / Cordero Atado. Tapa gris. Tapa naranja. “Cacería hecha con dos naipes”.


En castellano: Solari fue un poeta de dominio total sobre esa lengua. La domaba en el pentagrama, pero con la paradoja de tantos “letristas”: cuando se iban del pentagrama, cuando salían de la canción rumbo al verso libre, esos poemas subidos a Instagram, se descalabraban, perdían la puntería fina que contenía en la canción. Perdía el equilibrio de la cuerda. Viejo juglar, nacido para ser cantado, no quiso salir del hermetismo obsesivo que podía tener el puntapié de una letra en un antiguo cómic, aun cuando luego el vuelo interpretativo de esas letras fuera como un río hacia todas las lenguas y clases. De Belgrano a Aldo Bonzi fue su línea, ida y vuelta. Si el tango es el hijo de la ley 1420, lengua de lenguas migrantes, parafraseando a Gustavo Varela, el Indio es un hijo del tango: abría de nuevo esa lengua hacia las mil trayectorias posibles. Porque el tango no es exclusivamente un “género musical”, es el espíritu por el cual, en este sur, a orillas de este río dulce, todo se apropia y devuelve multiplicado.


Había un Indio para psicobolches que no la vieron venir esta vez tampoco: cuando pocos años después, una banda inconsolable metía las patas en la fuente de Palladium. “El fenómeno”. Los mil libros del fenómeno. Qué es esto. El Indio fue el primer sociólogo de su propio fenómeno. Entrevista en revista VOS, el Indio explicaba los efectos disciplinantes de la Híper para comprender el orden de la Convertibilidad. Hablaba como un sociólogo, y ese desdoblamiento llevaba al poeta al rincón para que no se contamine de lecciones alegóricas. Llegar a cada entrevista con más cuidado que Gorriarán Merlo. Su clandestinidad también fue contra lo previsible de la prensa de izquierda que no le perdonó que les diera la espalda, su pelea con Página 12 sobre cómo instrumentar el dolor por Walter Bulacio. El Indio no quiso ser su propio León Gieco, aunque su actitud cerrada lo prestara para la interpretación de una indolencia, y le dieran con un caño, incluso para que Juanse escriba una de sus mejores canciones contra él. Si esta cárcel sigue así, toda autonomía del arte es política. Los Redondos fueron la cima de esa combinación majestuosa, entre lo simple y sofisticado: rockabilly, lírica y los solos de Skay, la flotación en Todo un palo, la introspección necesaria en Etiqueta negra. Su sociedad con la guitarra épica de Skay, irrepetible. ¿Patricio Rey existe? Sí, es la tercera persona de la trinidad.


Como decía César Aira de las salieris de Pizarnik, encerradas en su sistema metafórico, el Indio fijó las coordenadas de su lengua como una libertad condicional: todos hablan, escriben, y lo despedirán usando su jerga viciosa, vidriosa, abierta al sentido que pueda atrapar en el aire, pero cerrada como un gesto entre “mafias”. Generaciones de hablados por Solari. Un código vacío a ser llenado en las condiciones que fueran. Las frases del Indio las podía usar en dealer, un cartonero negociando el precio en el depósito, un profesor de Letras, un sociólogo reventado, un legislador porteño, un corredor de vinos o la malversación “militante” de sus letras para las internas de la nada. Todo será así ya, una democratización del buen gusto para consumo personal. Frases de etiqueta. Y como quería las cosas Atahualpa Yupanqui: el Indio dejará su legado de poesía popular cuando alguien use una de sus frases sin saber el autor. Ese “descontrol” para una poética perfecta es la paradoja de su muerte: el último show también se le irá de las manos. Será infinito, aceite para mil lenguas que lo sobrevivirán recitándolo. Un Martín Fierro después de Chernóbil.

 

No habrá ninguno igual.

Fuente: Panamá

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