En mayo de 2026, el presidente de Uruguay, Yamandú Orsi, dijo que el país tiene “una tradición muy laicista, pero a veces hemos despreciado el rol que cumple la espiritualidad (…) el tema adicciones lo trabajan mejor las iglesias que el Estado”. Orsi no sólo ejerció el salto dialéctico de asociar A con X (propio de las sectas), sino que el discurso es consistente con la Ilustración Oscura, para nada espiritual.
La gráfica anual de venta de helados y la criminalidad coinciden perfectamente. ¿Son los helados responsables de los asesinatos? ¿Los histriónicos atletas de templos, fabricantes de milagros circenses, son gente espiritual? ¿Sólo hay espiritualidad en una iglesia donde la gente va a presumir de su fe o asiste a sesiones de catarsis dionisíaca? ¿También han privatizado la espiritualidad? ¿Qué hay de la medicina y de la ciencia que estudia las adicciones? ¿Qué hay de la justicia social? ¿Qué hay de la cultura consumista?
Si la idea es asociar una realidad con algún aspecto destacable de un país, podríamos asociar al fútbol con las adicciones en Uruguay y Argentina―a pesar de que el fútbol ha servido para lo contrario, para sacar a jóvenes de las drogas y la criminalidad. Si las religiones tuviesen superiores ventajas médicas o morales, no tendrían historiales tan profusos en casos de persecución, tortura, pedomanía y genocidios. No hablo de la fe, que es algo personal. Digo que las iglesias y las religiones no son buenas ni son malas. Son instituciones humanas y profundamente políticas.
El reconocido laicismo en Uruguay, que ahora se cuestiona, permitió la libertad de religión mucho más que en sociedades donde el fanatismo religioso logró una larga lista de perseguidos por sus creencias―incluso dentro de una misma religión. Es mucho más difícil encontrar en la historia de Uruguay persecuciones por raza o religión que en Suiza, Alemania o Estados Unidos.
Días después, el presidente de Argentina, Javier Milei, en uno de sus templos de garajes trasmitidos para sus fieles, afirmó, es decir, o sea, resumido: “Dios es capitalista y el capitalismo es el Paraíso en la tierra. Marx era satanista, porque trajo el infierno a la Tierra”.
Dejemos de lado que el capitalismo no sólo secuestró todo el capital intelectual de la humanidad, acumulado milenio tras milenio; que no aceleró la innovación tecnológica sino que la enlenteció; que casi ningún inventor o creador de prosperidad no sectaria fue capitalista; que el capitalismo solo se define por su acumulación y su ausencia de moral; que el capitalismo no inventó el libre mercado sino que lo destruyó; que el capitalismo no se define por la libertad común, sino por la libertad de una minoría de esclavizar al resto; que el capitalismo esclavizó y destruyó naciones y continentes enteros para el progreso y riqueza de unos pocos, sino que, además, dejó varios cientos de millones de muertos en su Paraíso. “Los cientos de millones de muertos del capitalismo” (Página12, 2023)
Ayn Rand, la guía espiritual de los neoliberales, tuvo delirios semejantes a los de Milei, aunque uno de los más defendibles fue que “El cristianismo es la mejor guardería posible del comunismo”.
Karl Marx, como la mayorá de los jóvenes de su época, escribió poesía romántica, al estilo Goethe, usando imágenes oscuras y dramáticas. Casi tan oscuras como las novelas de Stephen King o de cualquier película comercial que nunca son etiquetadas como satánicas porque dejan millones de dólares en las manos de unos pocos y porque son funcionales al capitalismo.
Mientras Marx aprendía a escribir, creyentes en Dios como Napoleón Bonaparte o Nicolás I de Rusia dejaban millones de muertos, sólo en los campos de batalla. Por no seguir con los múltiples holocaustos de creyentes en Dios, como los cruzados, como los inquisidores que les precedieron y les siguieron, casi todos marginados de la memoria popular―excepto las matanzas realizadas por los fanáticos de las otras sectas.
Por siglos, el tráfico y la esclavitud de africanos y americanos se hizo para mantener la civilización y en concordancia con las enseñanzas bíblicas, donde, de forma explícita, se aconseja a los esclavos a ser buenos con sus amos. Ni la Biblia ni el cristianismo fueron impedimentos morales para este comercio humano. De hecho, hay una plenitud de pasajes en el Antiguo Testamento, donde se acepta la esclavitud como una relación social tan normal como la servidumbre o la guerra. Levítico 25:44-46: “Pueden adquirir esclavos y esclavas de las naciones que los rodean. Pueden dejarlos en herencia a sus hijos como propiedad perpetua”. También en el Nuevo Testamento: “Siervos, obedezcan a sus amos terrenales con temor y temblor, con sencillez de vuestro corazón, como a Cristo…” (Efesios 6:5); “Todos los que están bajo el yugo de esclavitud, tengan a sus amos por dignos de todo honor, para que no sea blasfemado el nombre de Dios y la doctrina. Los que tienen amos creyentes, no los tengan en menos por ser hermanos, sino sírvanles mejor, por cuanto son creyentes y amados los que se benefician de su buen servicio” (1 Timoteo 6:1). Los europeos que se aprovecharon de este tráfico y explotación eran todos creyentes en la sacralidad de la Biblia y no por eso se les movió un pelo de sensibilidad moral por ningún párrafo que, de forma indirecta, condenaba el racismo y la esclavitud.
Tres meses después de la liberación de París de los nazis, el Imperio francés masacró 300 personas en su colonia de Senegal. Cinco meses después, mejoró sus cifras matando entre 15.000 y 45.000 personas en Argelia para mantenerlos subyugados a una versión de Dios y al mismo capitalismo de siempre. Quince años después, la cifra alcanzaría un millón. Menciono a Francia no porque haya sido el peor de los imperios capitalistas, sino solo como ejemplo de un sistema político y cultural que mantiene un aura de santidad y civilización. Pocos años después del holocausto judío, los sionistas iniciaban sus propias matanzas en Palestina. De las masacres anglosajonas escribimos en detalle.
También hemos escrito hace más de una década sobre las masacres de Bélgica en Congo, donde un piadoso creyente en Dios, el rey Leopold II, dejó diez millones de muertos y otros tantos mutilados para mejorar la prosperidad de su país. (“Por el bien de la civilización’: el gran tirano del colonialismo europeo”, Huffington Post, 2016). O las matanzas globales de otros supremacistas, como Winston Churchill. O la cofradía de fanáticos religiosos de Washington y la CIA, más recientemente.|
Lo del satanismo está en la mente de los fanáticos con trastornos psiquiátricos mal tratados, quienes ven a Satanás hasta en un pobre búho. ¿Por qué no es satanismo masacrar 20.000 niños inocentes y llamarlos terroristas? Porque está hecho en nombre de Dios. Esta siempre fue la respuesta implícita en cada pataleta discursiva, en cada oración que elevan a los cielos los fanáticos con estreñimiento.
Por eso, quienes han vaciado la palabra libertad para llenarla de excrementos odian la educación: las asociaciones oscurantistas, propias de sectas dirigidas por pastores atletas y creyentes en trance, sin ningún tipo de análisis ilustrado, sin un solo silogismo básico que funcione, es la forma de mantener este orden esclavista que tiembla y se pone más violento y genocida que nunca.
Está de más decir que no estoy atacando ninguna religión ni alguna fe honesta. Tampoco a Dios. Imaginen las posibilidades de un pobre mortal de atacar al creador del Big Bang, las estrellas, la Tierra y las especies. Imaginen que el creador del Universo se moleste por algo tan intrascendente como discrepar y protestar por la ausencia de cualquier razonamiento sin fragmentar, y la abundancia de muerte y dolor en su nombre.
jorge majfud, mayo 2026
https://www.pagina12.com.ar/2026/05/17/la-espiritualidad-capitalista





