• 16 de febrero de 2026, 20:14
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El suicidio y la sociedad

Por Paula Camjayi*

En nuestro trabajo clinico en la Fundación, en las sedes de Capital Federal y provincia de Buenos Aires, venimos registrando un incremento de pacientes que ya vienen con uno o varios intentos de suicidio. Hasta hace un tiempo el incremento era mayor en la provincia de Buenos Aires, ahora, la Capital Federal ha igualado ese crecimiento
En los pueblos en los que realizamos mesas sobre el tema del suicidio, hemos notado mucha preocupación en los docentes y los padres (Saladillo, Daireaux y Trenque Lauquen).
Por una serie de factores, esto no tiene buen pronóstico. No se olviden que vivimos en el mundo de internet, de la virtualidad y de los medios masivos, donde todo se representa, todo se ve, rechazando el verdadero encuentro con el otro.
No hay lugar, como dice Giorgio Agamben, para vivir una verdadera experiencia. Ella fue aniquilada de la cotidianidad y esta incapacidad de hacer de la vida un acontecimiento digno ha vuelto la existencia insoportable.
Vivimos en un país con un gran deterioro socioeconómico de la población, que se presenta a los jóvenes como un país sin futuro (es un país que carece de proyecto), a lo que se suma un vacío religioso. Donde la sexualidad devino una cuestión de mercado.
La sociedad globalizada en la que vivimos hace que la vida sea una ficción. Para que el sujeto pueda liberarse de lo que lo apresa (lo apresa el significante), hace falta que la representación presente un punto de corte, un agujero. Caso contrario, su vida es una novela y la existencia, una ficción. Y de ahí la relación con el suicidio. El sexo, el goce no consigue ubicarse.
La sociedad de consumo nos consume. Vivimos presos de la exigencia del mercado, y de nuestra propia exigencia, corriendo detrás de una zanahoria (cual burros), que nunca podemos alcanzar.
El imperativo categórico impuesto es: "Nada es imposible," hay que" Ser Feliz", pero no hay lugar para desear en tanto y en cuanto el corte no es posible.
No hay posibilidad de esperar ni de concretar nada si solo vivimos en ese mundo imaginado y de fantasía consciente irrealizable donde solo cuenta un ideal absoluto.
Los jóvenes se melancolizan por la impotencia que genera ese sufrimiento. Y buscan una solución extrema para ahuyentar el dolor de una existencia que pierde el sentido o que los pierde.
Cada suicidio es singular. Pero tampoco podemos dejar de ver que algo más amplio está ocurriendo. Los datos demuestran en muchos países, y en las aulas, que la desesperación entre los jóvenes está aumentando. Y no lo hace de manera silenciosa, aparece en depresiones, en crisis de ansiedad, en autoagresiones, en explosiones de violencia, en
conductas de riesgo, en un agotamiento que no encaja en ninguna de las viejas categorías nosológicas.
Dany-Robert Dufour, en "El arte de reducir cabezas", tiene una idea que nos ayuda a orientarnos. Dice que hoy atravesamos un proceso de desimbolización. Este término se refiere al derrumbe del entramado simbólico que antes decía algo sobre quiénes somos, qué vale la pena, cómo se desea y cuándo detenerse. No hablamos solamente de la caída de la autoridad clásica, sino del vaciamiento de cualquier referencia que haga de límite, de brújula y de sostén. Donde había un "no" que protegía, ahora aparece un silencio. Donde había un ideal, ahora hay un algoritmo que mide y predice conductas.
Como consecuencia, cuando la palabra pierde su peso, cuando fallan las referencias que antes orientaban, cuando el sujeto queda "sin lugar", la salida violenta, contra otros o contra sí mismo, se vuelve tentadora. No porque sea racional, no porque sea libre, sino porque es entendida como la única vía inmediata para salir de una escena vivida como insoportable.
En palabras de Bifo Berardi, “Ya nadie se deja conmover por un gesto heroico, ni el piloto del tanque a quien le pagan para matar, ni la opinión pública que está atenta a otras cuestiones. Únicamente quien está preparado para morir afronta la violencia del régimen asesino que gobierna en todo los países del mundo, de modo que la acción de la revuelta asume connotaciones suicidas. Y el suicidio es cada vez más la acción política por excelencia, dado que no existir es mucho mejor que existir en el mundo que nos espera.”
Antes la familia era un valor. Hoy es una palabra en decadencia. Gran parte de los jóvenes no desea tener hijos o plantean cuál es el sentido de traerlos a este mundo tan cruel y cómo mantenerlos económicamente.
La globalización impuesta por las élites de Occidente arrasa con las diferencias, con las identidades y con las soberanías. Y allí donde las élites gobiernan, (tanto nuestro país como Occidente), tomadas por el nihilismo, culminan con la destrucción de las cosas y los seres humanos.
Y lo que no hay que olvidar es que el efecto mayor de la globalización es la segregación.
Por todo esto se produce el incremento de pacientes que se suicidan. Y esto seguirá​ 
aumentando, por eso mismo no tiene buen pronóstico.

Bibliografía
● Dufour, Dany Robert. El Arte de reducir cabezas. Paidós.
● Berardi, Franco. El trabajo del alma. Cruce.
● Agamben, Giorgio. Infancia e historia. Adriana Hidalgo Editora.

*Psicoanalista. Miembro Adherente Fundación Centro Psicoanalítico Argentino

Fuente: Liliana López Foresi

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