Publicado el Oct 10, 2026 | Cultura
Fuente: Liliana López Foresi
Desde siempre el recurso simbólico ha sido la vía privilegiada para tramitar los afectos que la contingencia nos depara, desde la felicidad hasta la angustia, pasando por el amor, el odio, la tristeza o la perplejidad. Y no solo por medio de las palabras, tanto el arte como la mera acción cargan con el significado y el sentido que, tal como el aire que respiramos, la psique precisa para enfrentar la imprevisibilidad propia de la existencia y así lograr ese mínimo de bienestar y equilibrio al que denominamos Salud Mental. Si el sentido común ubica en el afuera tales urgencias, el psicoanálisis subvierte esa exterioridad para así pesquisar la responsabilidad del sujeto en la construcción de eso que solemos llamar “realidad” o “mundo”. Por algo, al abordar el núcleo del malestar humano, en 1974 Lacan precisaba: “No carecemos de pruebas de que el mundo (…) no es mundo, por cierto, sino in- mundo”[1].
Basta considerar -tal como propone Freud- que el prójimo es “una noticia del cuerpo propio”[2] para confirmar que ese afuera está tamizado por la particular interpretación de cada quien. En criollo, nadie ve la misma película. En esa diferencia habita la singularidad, ese hálito por el cual un sujeto encuentra rumbo para su deseo y así otorgar sentido a su vida. En otros términos, la contingencia de lo Nuevo está en esa alteridad que me habita. Cuanto más deterioro del lazo social, menos horizonte, menos futuro.
El espantoso dato según el cual el suicidio es la principal causa de muerte entre los jóvenes de nuestro país indica que un daño muy perturbador se está haciendo presente en la vida cotidiana de las personas. Tal como atestiguan quienes fracasaron en el intento, la falta de futuro emerge como una de las dimensiones más perturbadoras de esta tragedia. Sin desconocer el derrape de la economía con sus secuelas de desempleo y miseria, a lo que se agrega la pauperización de la educación, aquí optamos por abordar un factor íntimamente relacionado con las mentadas causales, aunque tanto más sigiloso en su ruinoso accionar. Me refiero al daño que el inmenso abanico algorítmico inflige a las personas. No solo por el aislamiento que la adicción a las pantallas supone, sino por el muy sigiloso deterioro que el intercambio con la IA produce al obturar ese horizonte de futuro al que más arriba nos referíamos. Algunos pares de términos quizás nos sirvan para apreciar un sutil mecanismo de encierro y captura.
significante-token
A partir de Freud, y en diálogo crítico con la lingüística, Lacan define al significante como lo que representa a un sujeto para otro significante. En el ser hablante, entonces, se abre una deuda simbólica. Siempre queda un resto imposible de atrapar con palabras, una carencia en ser constitutiva del deseo que anima los cuerpos y abre el campo de la creación y la fantasía. El significante vale por su lugar diferencial en la cadena, vale por lo que los otros no son. No tiene entidad en sí mismo, por lo cual una palabra siempre está abierta a nuevos significados. No hay código que agote al significante. Luego, siempre digo más de lo que sé. En cambio, la máquina trabaja con unidades lingüísticas que pueden simular el funcionamiento del significante, pero no es un sujeto del significante, aunque esté programada para disimularlo. Dispone de tokens: unidades de segmentación del texto que un modelo de inteligencia artificial utiliza para procesar y generar lenguaje. La máquina simula operar como si un token representara a un sujeto para otro token, pero su procesamiento depende de las relaciones estadísticas y contextuales aprendidas por el modelo. No cumple la función del significante, por más desplazamientos metonímicos que la máquina produzca. En ese procesamiento no hay un resto subjetivo que haga lugar a la diferencia. El modelo está programado para ofrecer una simulación de gratificación, comprensión y compañía con el consecuente empobrecimiento simbólico que supone otorgar subjetividad a un dispositivo que lejos de propiciar futuro, no cesa de repetir y opinar a partir de datos del pasado.
sujeto supuesto saber-riesgo del deseo.
En este punto ocurre algo similar a la atribución de amor y saber que el sujeto deposita en el analista, solo que, si este trabaja para liquidar esa transferencia y así dar paso a la contingencia del deseo, la máquina no hace más que reforzar esa ligazón merced a una vana ilusión de satisfacción. No en vano, Jacques Alain Miller precisa que hay algoritmo del sujeto supuesto saber, mas no en el curso de un análisis, porque “Tratándose del inconsciente no hay algoritmo del desciframiento”[3]. La mistificación algorítmica consiste en hacer pasar la obturación del deseo por una forma de libertad. Es que por más que no cese de incorporar conocimientos, giros idiomáticos y cálculos, la IA -organizada mediante procedimientos estadísticos predictivos -aparece como una inmensa masa semántica hecha de pasado. No hay lugar para el acto ni para la enunciación. La propia IA Claude reconoce que “el modelo no puede saltar fuera del conjunto de usos que la lengua humana ya le dio a las palabras”. La inteligencia artificial estereotipa el sentido y nos transforma en objetos programables, cada vez más renuentes a la contingencia que encarna la siempre imprevisible respuesta del Otro, ese riesgo sin el cual no hay futuro posible. La frase ¡No me token! ilustra así una forma contemporánea del deterioro del lazo social, uno de los engranajes silenciosos en el derrumbe de la Salud Mental que hoy padece nuestro país.
*Psicoanalista. Doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires. Autor de “Las Fuerzas del Celu”, de editorial Letra Viva.
[1] Jacques Lacan, La Tercera, en Revista Lacaniana de Psicoanálisis, EOL, N° 18, mayo de 2015, p. 27.
[2] Sigmund Freud [1895] , “Proyecto de una psicología para neurólogos”, en Obras Completas, A. E. Tomo I, p. 377.
[3] Jacques Alain Miller (1978) “Algoritmos del psicoanálisis”, en: Ornicar? Barcelona: Ed. Petrel (S.f.) n. 2, pp. 7-23, p. 10.
Basta considerar -tal como propone Freud- que el prójimo es “una noticia del cuerpo propio”[2] para confirmar que ese afuera está tamizado por la particular interpretación de cada quien. En criollo, nadie ve la misma película. En esa diferencia habita la singularidad, ese hálito por el cual un sujeto encuentra rumbo para su deseo y así otorgar sentido a su vida. En otros términos, la contingencia de lo Nuevo está en esa alteridad que me habita. Cuanto más deterioro del lazo social, menos horizonte, menos futuro.
El espantoso dato según el cual el suicidio es la principal causa de muerte entre los jóvenes de nuestro país indica que un daño muy perturbador se está haciendo presente en la vida cotidiana de las personas. Tal como atestiguan quienes fracasaron en el intento, la falta de futuro emerge como una de las dimensiones más perturbadoras de esta tragedia. Sin desconocer el derrape de la economía con sus secuelas de desempleo y miseria, a lo que se agrega la pauperización de la educación, aquí optamos por abordar un factor íntimamente relacionado con las mentadas causales, aunque tanto más sigiloso en su ruinoso accionar. Me refiero al daño que el inmenso abanico algorítmico inflige a las personas. No solo por el aislamiento que la adicción a las pantallas supone, sino por el muy sigiloso deterioro que el intercambio con la IA produce al obturar ese horizonte de futuro al que más arriba nos referíamos. Algunos pares de términos quizás nos sirvan para apreciar un sutil mecanismo de encierro y captura.
significante-token
A partir de Freud, y en diálogo crítico con la lingüística, Lacan define al significante como lo que representa a un sujeto para otro significante. En el ser hablante, entonces, se abre una deuda simbólica. Siempre queda un resto imposible de atrapar con palabras, una carencia en ser constitutiva del deseo que anima los cuerpos y abre el campo de la creación y la fantasía. El significante vale por su lugar diferencial en la cadena, vale por lo que los otros no son. No tiene entidad en sí mismo, por lo cual una palabra siempre está abierta a nuevos significados. No hay código que agote al significante. Luego, siempre digo más de lo que sé. En cambio, la máquina trabaja con unidades lingüísticas que pueden simular el funcionamiento del significante, pero no es un sujeto del significante, aunque esté programada para disimularlo. Dispone de tokens: unidades de segmentación del texto que un modelo de inteligencia artificial utiliza para procesar y generar lenguaje. La máquina simula operar como si un token representara a un sujeto para otro token, pero su procesamiento depende de las relaciones estadísticas y contextuales aprendidas por el modelo. No cumple la función del significante, por más desplazamientos metonímicos que la máquina produzca. En ese procesamiento no hay un resto subjetivo que haga lugar a la diferencia. El modelo está programado para ofrecer una simulación de gratificación, comprensión y compañía con el consecuente empobrecimiento simbólico que supone otorgar subjetividad a un dispositivo que lejos de propiciar futuro, no cesa de repetir y opinar a partir de datos del pasado.
sujeto supuesto saber-riesgo del deseo.
En este punto ocurre algo similar a la atribución de amor y saber que el sujeto deposita en el analista, solo que, si este trabaja para liquidar esa transferencia y así dar paso a la contingencia del deseo, la máquina no hace más que reforzar esa ligazón merced a una vana ilusión de satisfacción. No en vano, Jacques Alain Miller precisa que hay algoritmo del sujeto supuesto saber, mas no en el curso de un análisis, porque “Tratándose del inconsciente no hay algoritmo del desciframiento”[3]. La mistificación algorítmica consiste en hacer pasar la obturación del deseo por una forma de libertad. Es que por más que no cese de incorporar conocimientos, giros idiomáticos y cálculos, la IA -organizada mediante procedimientos estadísticos predictivos -aparece como una inmensa masa semántica hecha de pasado. No hay lugar para el acto ni para la enunciación. La propia IA Claude reconoce que “el modelo no puede saltar fuera del conjunto de usos que la lengua humana ya le dio a las palabras”. La inteligencia artificial estereotipa el sentido y nos transforma en objetos programables, cada vez más renuentes a la contingencia que encarna la siempre imprevisible respuesta del Otro, ese riesgo sin el cual no hay futuro posible. La frase ¡No me token! ilustra así una forma contemporánea del deterioro del lazo social, uno de los engranajes silenciosos en el derrumbe de la Salud Mental que hoy padece nuestro país.
*Psicoanalista. Doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires. Autor de “Las Fuerzas del Celu”, de editorial Letra Viva.
[1] Jacques Lacan, La Tercera, en Revista Lacaniana de Psicoanálisis, EOL, N° 18, mayo de 2015, p. 27.
[2] Sigmund Freud [1895] , “Proyecto de una psicología para neurólogos”, en Obras Completas, A. E. Tomo I, p. 377.
[3] Jacques Alain Miller (1978) “Algoritmos del psicoanálisis”, en: Ornicar? Barcelona: Ed. Petrel (S.f.) n. 2, pp. 7-23, p. 10.


