Publicado el Jul 26, 2026 | Cultura

Fuente: Escritos Críticos
El 26 de julio de 2026, en un discurso para la Sociedad Rural , el presidente de argentina Javier Milei, con su entonación más propia de los “comunicados a la población” de la última dictadura militar leyó en un podio:
“Esta tierra es mía, yo la trabajé entonces es mía su cosecha”.
La idea hace referencia a la fundación del liberalismo capitalista por parte de John Locke, quien escribió:
“el pasto que ha comido mi caballo; las hierbas que mi siervo ha cosechado; y los minerales que he excavado en cualquier lugar donde tenga derecho a ellos en común con otros, todo se convierte en mi propiedad, sin necesidad de asignación o consentimiento de nadie; el trabajo que era mío, el que sacó todo eso del estado común en que estaban, los ha transformado en ellos mi Propiedad”.
Ni Locke ni mucho menos Milei trabajaron ninguna tierra apropiada sino sus siervos, como el mismo Locke lo deja en claro, pero esta fantasía fundadora de la privatización de las tierras comunales europeas primero y de todas las tierras nativas en América, Asia y Asia después les sirve de confirmación fanática para expropiar, matar y robar no sólo el trabajo ajeno sino sus tierras también.
A continuación, un capítulo de libro Moscas en la telaraña. Historia de la comercialización de la existencia―y sus medios (2023). Hemos retomado esta idea en otro capítulo de nuestro último libro Tawíscara. El secuestro de la democracia (2026), donde mostramos y demostramos que el único ejemplo de democracia real, la nativo americana, fue posible por su ausencia de propiedad privada de acumulación. La misma idea y las mismas referencia publicamos en artículos en medios latinoamericanos, los cuales seguramente el presidente Milei no leyó ninguno.

John Locke: la tierra es de quien (no) la trabaja
La concentración de tierra en menos manos produjo también la concentración de población en menos ciudades. En 1500, cuando Tenochtitlan (México) era una ciudad racionalmente planificada, higiénica, con un mercado intenso y su población ascendía a 400.000 habitantes, Londres era una ciudad sucia e insalubre con apenas 60.000 habitantes. Para 1700 seguía siendo sucia e insalubre, o más que antes, y su población llegaba a 600.000. En 1890, en el apogeo del imperialismo global británico, llegó a 5,5 millones. Estos números esconden un factor fundamental: la precarización de la existencia en manos del mercado convirtió a dueños y arrendatarios estables en asalariados o arrendatarios inestables, ambos sujetos a las volátiles leyes del mercado. Nada volátiles para aquellos ocupados en el proceso de acumularon capitales. Los desposeídos por la agresiva mercantilización de la tierra inglesa migraron a la gran ciudad como en el siglo XIX los esclavos liberados, nuevos ciudadanos pero sin tierra, debieron buscar trabajo en las grandes ciudades estadounidense para sobrevivir de las propinas o, más recientemente en el siglo XX, los indígenas, negros y campesinos pobres latinoamericanos sin tierra fueron a buscar trabajo en las industrias y servicios de las grandes ciudades y terminaron creando masivos asentamientos suburbanos llamados favelas o villas miseria. Un proceso que, como siempre, repetía otros en las naciones imperiales llamadas “desarrolladas” pero de forma tardía y sin posibilidades para expandirse de forma autoritaria en otras regiones del mundo ya ocupadas por los imperios dominantes.
Los desposeídos ingleses fueron la fuerza principal que produjo la Revolución industrial, así como siglos más tarde los esclavos en las Américas y los desposeídos hasta más recientemente fueron y son la fuerza principal en la provisión de materias primas baratas para ese mismo proceso que ya lleva unos cuantos siglos. De la misma forma que el despojo de tierras y de derechos del campesino durante el feudalismo (como el derecho a habitar, el derecho a las tierras comunales y el derecho a una renta fija) produjo rebeliones en continentes periféricos o coloniales, como América Latina, así habría ocurrido antes en la misma Europa y, más precisamente, en el centro de este nuevo cambio de paradigma social: Inglaterra.
Está de más decir que en esta aventura humana, una minoría (de clase, de nacionalidad) acumuló casi todos los beneficios y todos los créditos resultantes del esfuerzo colectivo. Como lo analizó la historiadora Ellen Wood, “sólo los avances tecnológicos no fueron responsables por la llamada ‘revolución agrícola’, base de la industrialización posterior; por otra parte, los cambios tecnológicos que iniciaron la ‘Revolución industrial’ fueron, en todos los casos, muy modestos”. Hay que agregar que esos y otros avances tecnológicos ya estaban en marcha en India y Bangladesh antes de ser destruidos por el luminoso Imperio Británico a fuerza de cañón, de leyes proteccionistas y de imposiciones mercantiles en nombre de un libre mercado estratégicamente destruido en beneficio de la civilizada Europa. Del detalle de los cientos de millones de muertos en el proceso, hablaremos más adelante.
El famoso político y escritor inglés, Thomas More, se consideraba a sí mismo uno de los desplazados por la privatización y concentración de la tierra. Como en muchos casos el fenómeno estaba motivado por la expansión de los criadores de ovejas, More lo definió en su clásico libro Utopía como el proceso por el cual “las ovejas se comen a los hombres”. A fines del siglo XVIII, un nuevo invento reemplazará la lana y el lino por el algodón, el que ya era ampliamente usado en Asia. Como siempre, alguien de abajo pagará por ese nuevo progreso. En este caso, serán los esclavos del Sur de Estados Unidos primero y, a partir de 1836, los mexicanos con la expansión de la esclavitud estadounidense y la pérdida de más de la mitad de su territorio. Finalmente, como lo observa la historiadora Ellen Wood, el despojo y desalojo de los campesinos por la fuerza en Inglaterra fue legalizado por el Parlamento y luego legitimado como Ley de la naturaleza y Voluntad de Dios por intelectuales como John Locke.
En su Second Treatise of Government, publicado en 1639 de forma anónima, Locke (no un desplazado sino un terrateniente) reflexionó sobre uno de los mayores temas de discusión de la época, el problema de la propiedad, operando una transición narrativa que justificó de forma insuperablemente efectiva, el nuevo predominio de la propiedad privada sobre la propiedad comunal: “Dios, que ha dado el Mundo a los Hombres en posesión común, también les ha dado la razón para hacer uso de él para la mejor ventaja de la Vida y conveniencia (…) Todos los frutos que produce la naturaleza y las bestias que alimenta pertenecen a la Humanidad en común (…) Ningún cuerpo tiene originalmente un Dominio privado, exclusivo del resto de la Humanidad, ya que están así en su estado natural. Sin embargo, al estar dados para el uso de los Hombres, debe haber necesariamente un medio para apropiarse de ellos. La fruta, o venado, que alimenta al indio salvaje, que no conoce cercado, y es todavía un inquilino en común, debe ser suyo y tan suyo, es decir, una parte de él, que otro ya no puede tener ningún derecho sobre él”. Más adelante entiende la propiedad privada como aquello que el trabajo de un individuo ha agregado o sacado de la naturaleza: “El trabajo de su cuerpo y el trabajo de sus manos, podemos decir, son propiamente suyos. Entonces, todo lo que saca del Estado que la Naturaleza ha proporcionado y lo ha dejado, lo ha mezclado con su Trabajo y le ha unido algo que es suyo, y por lo tanto lo convierte en su Propiedad”.
Hasta aquí podría ser acusado de comunista por algún mayordomo del siglo XX o, incluso, del siglo XXI. Pero en 1689, cien años antes de la Toma de la Bastilla del otro lado del canal, el padre del liberalismo realiza un enroque casi inadvertido sobre el problema de la propiedad privada de la tierra (siempre recurriendo a Dios), momento preciso del nacimiento ideológico del sistema capitalista: “Pero el asunto principal de la Propiedad no es ahora los Frutos de la Tierra, y de las Bestias que subsisten en ella, sino de la Tierra misma (…) Creo que es claro que la Propiedad en eso también se adquiere como lo primero. Cuanta tierra labre, plante, mejore, cultive y pueda usar el producto de un hombre, tanto es su propiedad. Él, por su Trabajo, lo excluye, por así decirlo, del Común (…) Dios, cuando dio le dio a toda la Humanidad el Mundo en propiedad común, mandó al Hombre también a trabajar, y la penuria de su Condición se lo exigió. Dios y su Razón le ordenaron sojuzgar la Tierra, es decir, mejorarla en beneficio de la Vida, y poner en ella algo que era suyo, su trabajo. El que en obediencia a este Mandato de Dios, sometió, labró y sembró cualquier parte de ella, le anexó algo que era su propiedad, sobre la cual otro no tenía título, ni podía quitarle sin perjuicio”.
Pero aún fata un paso más: la intermediación capitalista en la expropiación del plusvalor ajeno. De la idea de que alguien que trabaja la tierra es su propietario natural y hasta propietario privado (idea revindicada por los socialistas y revolucionarios del Tercer mundo y de todas a las reformas agrarias), a la intermediación de que su propietario no es quien la trabaja sino quien ha invertido un capital, hay un último y decisivo paso. “De modo que Dios dio Autoridad para la apropiación. La Condición de Vida Humana, que requiere Trabajo y Materiales para trabajar, necesariamente introduce Posesiones privadas”. Locke y la historia pasa del “derecho de quien trabaja la tierra” al derecho por título (propiedad privada), lo que luego convertirá la tierra en un indiscutible bien de compra y venta. Un bien de mercado cualquier otro, como una camisa o un jarrón producido en un taller, a pesar de que la tierra siguió siendo “un bien natural” y una camisa o un jarrón “productos creados por el trabajo”. Luego de un salto sobre esta contradicción, se llega al artículo de propaganda del sistema dominante. Según Locke, la “conservación de la Vida, de las Libertades y de los Bienes, los llamo por el su nombre general: Propiedad”. Ahora ¿cómo hacer efectiva y cómo proteger esta nueva realidad de quienes no están de acuerdo? Pues, como siempre, recurriendo al monopolio de la coerción: “Por lo tanto, el gran y principal fin de los hombres que se unen en comunidades y se ponen bajo el gobierno es la preservación de su propiedad”.
De este proceso inicial de convertir en un derecho de propiedad el despojo de los trabajadores de las tierras comunales en Inglaterra a practicar lo mismo en las Américas hay un solo paso llamado Atlántico, no muy difícil de realizar. El colonialismo y el imperialismo en el “nuevo mundo”, en África y luego en Asia no son otra cosa que la continuación de esta convicción y práctica exitosa de acumulación de riquezas, de la misma forma que la conquista española en el mismo continente fue una continuación de su fanatismo medieval, desarrollado durante los ocho siglos de luchas contra los musulmanes en la península Ibérica.
El mismo John Locke lo teorizó en su Capítulo V sobre la propiedad, especie de Evangelio capitalista. Para Locke, tomar “tierra improductiva” de los indios americanos era un derecho y una obligación, ya que con ese despojo no se le estaba quitando nada a la Humanidad sino que, por el contrario, se le estaba dando algo―la idea de que los salvajes, como las mujeres, no tenían alma era tema de debate; no era debatible el hecho de que no pertenecían a la Humanidad y mucho menos a la Civilización.
La explotación imperial de recursos ajenos fue practicada por varias potencias europeos, pero el origen y desarrollo del capitalismo estuvo en Inglaterra. Podemos agregar que la continuidad de este proceso es bastante obvia: el despojo basado en las leyes del mercado fue practicado por Inglaterra primero sobre sus propios campesinos, luego sobre Irlanda y, finalmente, sobre el resto del mundo. Una vez que Irlanda adoptó las nuevas reglas impuestas a la fuerza por sus vecinos ingleses y escoceses, y en el siglo XVII comenzó a significar una competencia para Inglaterra, Londres echó mano al viejo recurso de suspender sus propias leyes y contradecir su propio sermón para imponer restricciones que impidiesen cualquier independencia de su primera colonia. Los irlandeses desposeídos por el nuevo régimen se vendieron a sí mismos como esclavos indenture en las colonias de Norteamérica, África y en India para la gigante privada East India Company, una de las primeras extensiones del imperialismo británico. Luego de ser discriminados por pobres y por blancos imperfectos, con el tiempo y gracias al color de su piel (el mayor capital disponible de los inmigrantes pobres) sus hijos se convirtieron en administradores de segunda o en exitosos hombres de negocios. De igual forma, el próximo imperio dominante, Estados Unidos, primero ensayó sus métodos de colonialismo corporativo en México, América Central y el Caribe antes de proyectarlo a otros continentes. Una diferencia notable radicó en que el Imperio Británico comenzó como una compañía privada en sus colonias y terminó como un gobierno central administrando directamente sus propias colonias. Estados Unidos procedió de la forma contraria. Luego de una etapa fuertemente proteccionista, Washington (como antes Londres) predicó el libre mercado y la democracia para el resto de las repúblicas al sur y destruyó ambos cada vez que amenazaron con salirse de su órbita de influencia desafiando el imperio comercial de sus transnacionales privadas. En la actualidad, la coerción militar directa (tanto la imperial en la esfera internacional como la criolla en la esfera nacional de las repúblicas más débiles) ha sido reemplazada por la coerción económica y el resguardo indirecto de la fuerza militar. Las transnacionales privadas, como en un sistema feudal global, continúan dominando la vida social, política y económica de distintos continentes, pero la coerción se ejerce a través de los Estados locales y éstos lo ejercen sobre sus pueblos a través de la prensa dominante nacional y de ejércitos nacionales que rara vez se involucran en algún conflicto con otras repúblicas pero la coerción directa e indirecta sobre sus propios pueblos es permanente. Aquellos casos que se salen de un estado de obediencia y funcionalidad, sean democracias o dictaduras, son inmediatamente acosados y bloqueados, siempre en base al discurso políticamente correcto del momento, el que suele ser la libertad (del mercado) y el imperio de la democracia (la oligarquía criolla). Esta realidad es difícil de visualizar por quienes la sufren y fácil de enmascarar por la propaganda, cuyo principio central consiste en la fragmentación y la simplificación, algo semejante a la fe sectaria y religiosa. Es muy difícil llamar “dictadura” a un sistema global que ha reemplazado a la misma naturaleza. La ley del mercado, aunque está llena de política y es una ideología en sí misma, es representada y percibida como la Ley de la gravedad de Newton (abolida hace un siglo por Einstein).
Todo derecho tiene su ideología. Para esta nueva teoría que se naturalizará como algo obvio e incuestionable en los siglos por venir, el derecho a la propiedad procedía de quien la trabajaba. Algo que suena a una vieja reivindicación de la izquierda latinoamericana durante el siglo XX y de los reclamos por una reforma agraria, también resumida en eslóganes como “a desalambrar”, lo cual, como vimos, paradójicamente hunde sus raíces en la reacción contra el cercado de tierras comunales (enclosure) en Inglaterra al comienzo del Capitalismo. No por casualidad aquellos gobiernos democráticos que lo intentaron, como el de Jacobo Árbenz en Guatemala, fueron eliminados por golpes de Estados promovidos por las corporaciones (los nuevo señores neofeudales, campeones del neoliberalismo). Así, el original derecho de un capitalista a apropiarse de una “tierra improductiva” no aplicaba ni aplica al derecho de un pueblo de trabajadores sin tierra o de un gobierno popular a expropiar tierra improductiva (incluso compensando al expropiado según el valor del mercado, como fue el caso de Guatemala en los 50s).
Pero es justo en este momento en que ocurre una de esas abstracciones que cambian el significado de forma que el día se convierte en noche en pocos minutos. Locke comienza insistiendo que la tierra es propiedad de quien la trabaja (de quien le agrega algo con su propio esfuerzo) y termina traspasando ese derecho del valor de uso al valor de cambio, es decir, a aquel que paga por ella, no quien la usa o la trabaja. La historiadora Ellen Meiksins Wood observó este preciso momento en 2002 con absoluta claridad, cuando afirmó que el “énfasis en la creación de valor de cambio como la base de la propiedad es crucial en la teorización de la propiedad capitalista”. Luego de considerar que si los hombres se hubiesen conformado con la propiedad comunal, aunque basada en la abundancia de que Dios la había provisto, hubiesen muerto de hambre. Por esto, los hombres (algunos hombres) tomaron parte de esa propiedad en común y, al trabajarlo lo convirtieron en su propiedad privada, algo que no depende del consentimiento de los comuneros que usufructúan esas tierras. Luego, Locke razona (aquí el ejemplo clásico): “el pasto que ha comido mi caballo; las hierbas que mi siervo ha cosechado; y los minerales que he excavado en cualquier lugar donde tenga derecho a ellos en común con otros, todo se convierte en mi propiedad, sin necesidad de asignación o consentimiento de nadie; el trabajo que era mío, el que sacó todo eso del estado común en que estaban, los ha transformado en ellos mi Propiedad”. La misma Wood observa que Locke (y, consecuentemente, el resto de los capitalistas) consideran que “las hierbas que mi siervo ha cosechado” y “los minerales que yo he excavado” son la misma cosa. Es decir, el naciente capitalismo y el feudalismo convivieron en beneficio del primero. Actualmente no es muy diferente, sólo que se ha reemplazado la fea palabra siervo por asalariado.
Inglaterra no sólo impuso el enclosure (privatización de la tierra por cercado) a Irlanda y a Norteamérica, sino también a India y Bangladesh, con el mismo resultado: al tiempo que las minorías en el poder político y comercial se enriquecían a escala astronómica, los pueblos que perdieron sus tierras comunales, su forma de vida, de producción y consumo, sufrieron hambrunas masivas con decenas de millones de muertos. Pero la privatización de la tierra se extendió también a la privatización del agua, de los ríos y de sus peces (como en India 1870 y con el Private Fisheries Protection Act de 1897), bajo la excusa de hacer que la población sea más productiva según las leyes del mercado y según los intereses de los dueños del “libre mercado”.
Con el tiempo, desde el punto de vista de esta mentalidad extractiva, “siervo”, “esclavo” y “trabajador asalariado” serán variaciones de la misma cosa. Esta idea, difícil de tomar en serio por la mayoría de los europeos de su época y, sobre todo, por los habitantes del resto del mundo hasta no hace mucho, tiene un antecedente en Norteamérica, 29 años después de la creación de la poderosa e imperial compañía privada East India Company en 1600 (cuya bandera fue, por un par de siglos, la misma que la adoptada por Estados Unidos, con trece franjas rojas y blancas). En 1629, el puritano hijo de ricos terratenientes ingleses y primer gobernador de Massachusetts, John Winthrop, lo había resumido de la siguiente forma: “Dios ha dado a los hombres un doble derecho sobre la tierra; hay un derecho natural, y un derecho civil. El primer derecho era natural cuando los hombres poseían la tierra en común… Luego, a medida que aumentaban los hombres y sus ganados, se apropiaron de ciertas parcelas por encierro y se les otorgó un derecho civil… Los nativos americanos no cercan ninguna tierra… Si les dejamos suficiente para su uso, podemos legítimamente tomar el resto”. Exactamente las mismas ideas justificadoras aplicadas a los más civilizados irlandeses poco antes, sobre todo en el Ulster.
A juzgar por estas palabras y por la historia posterior, para entonces el derecho natural ya se había convertido en algo irrelevante. Aparte de recurrir a Dios y las Leyes naturales para justificar el despojo de los dueños anteriores de sus tierras, el mismo Winthrop explica la alta mortandad de los nativos recurriendo al mismo argumento: “Dios ha consumido a los indios con grandes pestes, de modo que quedan pocos habitantes”. Fue Dios; no fuimos nosotros quienes trajimos las pestes a las Américas que, en algunos casos, redujeron la población nativa al diez por ciento y, aun así, seguían siendo naciones tan populosas como las mismas colonias europeas.
En 1971, mi amigo Ariel Dorfman y el sociólogo Armand Mattelart publicaron Para leer al pato Donald. Los autores observaron que “todos los intentos de Disney se basan en la necesidad de que su mundo sea aceptado como natural (…) en esto reside el hecho de que su mundo esté poblado por animales”. Los primitivos cantan, bailan y, a veces, por divertirse, hacen revoluciones. “No habiendo otorgado a los buenos salvajes el privilegio del futuro y del conocimiento, todo saqueo no parece como tal, ya que extirpa lo que es superfluo [el oro, el petróleo, la materia prima]. El despojo capitalista irrefrenable se escenifica con sonrisas y coquetería. Pobres nativos. Qué ingenuos son. Pero si ellos no usan su oro, es mejor llevárselo. En otra parte servirá de algo”. Es decir, John Locke con esteroides, sólo que tres siglos más tarde. Si el bien, la propiedad no es traducida al valor de cambio, no es propiedad y hay que convertirla en tal.
Pero volvamos al origen del fenómeno. Mientras los más ricos cercaban las tierras de Gran Bretaña, los parlamentos legalizaban el despojo, los intelectuales del poder lo legitimaban y se producía una ola de vagabundos. El resto de los campesinos tuvo que competir por el acceso y arrendamiento de tierra y luego por la colocación de sus productos en el mercado. Los perdedores se hundieron en la miseria o migraron a las ciudades donde más tarde se convertirían en el proletariado, propiciando la Revolución industrial inglesa, la que fue una revolución total. No sólo se tradujo en una forma diferente de producir y en un nuevo imperio que invadiría casi todos los países del mundo para interrumpir otros procesos de desarrollo y multiplicar su propia acumulación, sino que creó una nueva moral (la victoriana) y nuevos conceptos de belleza, los que, a su vez, reforzarían el racismo imperial.
Esta paradójica pérdida de propiedad de los campesinos por la privatización de sus tierras se confirmó con la introducción de vallados de la propiedad. En Francia, donde los campesinos eran propietarios de su tierra y los arrendatarios pagaban un precio fijo, la presión de la competencia por la renta y por la producción era menor que en Inglaterra. El capitalismo inicial (como lo propuso Wood, surgido en el campo inglés y no en el comercio de las ciudades) resultó más efectivo que el feudalismo medieval como sistema dominante, pero promovió el feudalismo moderno en el resto del mundo para continuar con su lógica de coacción-acumulación-narración. Por un lado se incrementó la producción de cosas, la riqueza y el poder militar en el centro del mundo, la esclavitud en las colonias y en los países periféricos y la ansiedad derivada de la incertidumbre existencial por todas partes. El mercado se convirtió en el dictador supremo y en la traducción económica del darwinismo. El éxito produjo más éxito y el fracaso más fracaso, aumentando las diferencias sociales en cada país y las diferencias nacionales a nivel global. Al comienzo de la expansión del capitalismo fuera de Europa, la diferencia económica entre Europa y África era muy menor. Antes que las potencias capitalistas destruyeran (más a fuerza de cañón que de inventos industriales durante la Revolución industrial) las potencias asiáticas como India y China, las diferencias económicas globales no favorecían en nada a Occidente. Para 1800, las diferencias entre países ricos y pobres alcanzaba un desequilibrio de tres a uno. En la segunda mitad del mismo siglo, la desproporción era 35 a uno. Esto no son sólo números sino que se tradujo en cientos de millones de muertos debidos al nuevo sistema capitalista y a la nunca lograda (más bien destruida en su propio nombre) “libertad del mercado”.
El creciente abismo entre países ricos y pobres, es decir, entre países colonialistas y países colonizados, entre saqueadores y saqueados, comenzará a revertirse en los años sesenta, es decir, con el proceso de descolonización de lo que durante la Guerra Fría se llamó el “Tercer mundo”.
“A desalambrar, a desalambrar / Que la tierra es nuestra, es tuya y de aquel / De Pedro y María, de Juan y José”. (Daniel Viglietti, 1970).
Recién en 2022 Bangladesh abolió la ley Private Fisheries Protection Act de 1889.
La idea de la raza superior articulada y madurada en el siglo XIX, también fue definida como “la raza bella”. Su canon estético, como suele ocurrir con los cánones culturales, sobrevivió más allá de los cambios económicos y sociales gracias a la industria cultural. Por ejemplo, el canon Marilyn Monroe aún es el canon de belleza más extendido en el mundo, con algunas variaciones. Durante la Edad Media, la nobleza habitaba palacios y castillos y sus mujeres eran pálidas como la muerte. Trabajar era un sinónimo de pobreza y, por lo tanto, de fealdad. Las mujeres campesinas eran fuertes, delgadas y tenían la piel quemada por el sol. Aún durante el Renacimiento, la belleza y la sensualidad se resumía en mujeres bien alimentadas y pálidas, como un cuadro de Rubens. La Revolución industrial hizo que las jóvenes campesinas perdiesen su color en las industrias y luego en las oficinas del siglo XX, lo que corrigió en algo la estética: las mujeres de la clase alta, las que no necesitaban trabajar para vivir, bronceaban sus pieles en las playas del mediterráneo o del Caribe. Eran más sexys porque el poder es sexy. El nuevo canon de belleza continuaba adoptando a la mujer de la raza imperial y rica (desarrollada), pero a finales del siglo XX ya la obligaba a broncearse vuelta y vuelta como pollo al espiedo en las playas, aunque fuesen obreras pobres. Porque de eso siempre se ha tratado la moda desde la antigua Roma: de imitar a las clases altas. Al mismo tiempo, la pornografía abría una válvula de escape poniendo el mundo patas arriba: el esclavo, el pobre feo (negro) tiene sexo con una bella mujer (blanca), un botín de guerra.
Wood, Ellen M. The Origin of Capitalism: A Longer View. Verso Books, 2017, p. 143.
More, Thomas. Utopia. United Kingdom, Dent, 1899, p. 18.
Locke, John. Second Treatise of Government and a Letter Concerning Toleration. United Kingdom, Oxford University Press, 2016. Capítulo V. “Of Property” (p. 25-51) y IX “Of the Ends of Political Society and Government” (p 63).
Wood, Ellen. The Origin of Capitalism: A Longer View. Verso, 2017, p. 111.
Locke, John. Second Treatise of Government and a Letter Concerning Toleration. United Kingdom, Oxford University Press, 2016, p. 16.
Alden t. Vaughan, New England Frontier: Puritans and Indians, 1620-1675(1965), p. 110. También, ver: Winthrop 1629. Indiana University.
Idem p. 110. También: Winthrop 1629. Indiana University.
Dorfman, Ariel y Armand Matterlart. Para leer al pato Donald. Prólogo de Héctor Schmucler. Buenos Aires, Siglo XXI, 1972, p. 41, 48, 49 y 64.
Hickel, Jason. The Divide: A Brief Guide to Global Inequality and its Solutions. Random House, 2017, p. 102.
*Profesor de Literatura Latinoamericana, Arquitectura, Historia y Estudios Internacionales-Jacksonville University
Foto de Portada: Juan Mateo Aberastain/MDZ





