• 8 de septiembre de 2026, 17:29
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De luchitas y resistencias

Por Diego M. Vidal


Durante los años del llamado “Período Especial” en Cuba, allá por los 90 del siglo XX y tras la desaparición del campo socialista en el este Europeo, el rigor del bloqueo estadounidense aplicado desde la administración Kennedy comenzó a sentirse con los problemas generados por la falta de combustibles y sus consecuencias sobre el sistema energético, la producción y distribución de alimentos, y de manera crítica en el transporte público.

Los apagones eran tan constantes y extensos, que a los breves momentos de luz la población los bautizó “alumbrones”. Esa manera de enfrentar con sarcasmo las adversidades y complicaciones de la vida en ese contexto, generó modismos en el cotidiano de cubanas y cubanos. Así, en mis días habaneros, al saludar a algún vecino o en el encuentro casual con alguna amistad, a mi consulta “cómo estás?” la respuesta era “en la luchita”. Un modo de sincretizar detrás de ese verbo en diminutivo, los duros obstáculos que habitualmente debían encarar.

Son muchas las historias y anécdotas de aquellos tiempos, que a la distancia carecen de dramatismo por la gracia de la cubanía, pero pierden ese toque si uno se traslada al momento y situación.

Como ejemplo el que me relató una querida y gran amiga, Romelia (qepd), quien una vez desafió la demora en el servicio de la “guagua” (autobús) para ir al trabajo y se quedó 7 horas (!) aguardando que llegara, hasta que en ese momento consideró que su jornada laboral ya había concluido en la parada y se regresó a casa. Lo contaba riéndose con ganas, pero sé que en el momento de lo ocurrido la frustración habitual debió golpear duro en alguien que tenía una ferviente fe revolucionaria.

En lo personal fue casi una prueba de principios, el vivir en la isla en esas circunstancias. Quizás porque no le temo a lo frugal y sencillo, además de que el humor cubano se me hacía como salvavidas y sentí que si eso los mantenía a flote también podría servirme la misma virtud para atreverme, sin privilegios de extranjeros, a la subsistencia.

Así aprendí que saber hacer uso del verbo “resolver” en Cuba, significa comer o no, acceder a un medicamento, reparar algún aparato indispensable y hasta conseguir yerba para el mate en un país donde el índice de materos no es precisamente destacable. También me enseñaron a rebautizar las cosas difíciles, trabajosas, pero necesarias, para quitarles lo azaroso de recurrir a ellas. Como ejemplo hogareño el calentador para cocinar o calentar agua para el mate, el café o bañarse en invierno, al que para encenderlo se necesitaba bombear con un émbolo que ayudaba a encender la llama a base de alcohol de quemar y luego del esfuerzo, incluso con el de varias manos, uno acababa sin aliento y entonces para referirnos a él le pusimos de nombre de “el Resoplay”.

La realidad cubana de hoy tiene ciertos puntos de contacto con este breve recuento de experiencias en la Cuba bloqueada y post soviética. Las carencias y duras condiciones son similares y también peores porque han aparecido desigualdades sociales antes menos notorias. Porque a la falta de luz, agua y recolección de residuos, se le suman las necesidades urgentes que afectan al sistema de salud donde mueren pacientes por falta de medicación o discontinuidad en tratamientos, que incluyen a niños con cáncer o patologías que no pueden esperar. Situaciones que en aquel “Período Especial” lograban hacer frente con la búsqueda en el exterior de insumos médicos o materiales para desarrollarlos en laboratorios locales. Siempre había el cómo para esquivar las sanciones unilaterales que la Casa Blanca imponía e iba acumulando, en una carrera para ver cuál daño mayor era posible infringir con cada medida.

Esta vez es más cruel y lo que tal vez marca la diferencia con el pasado, es que ahora las sanciones han empeorado pero hacia terceros países que intenten comerciar, hacer negocios, invertir o mantener al menos una actitud amistosa.

Donald Trump ha decidido poner al mundo contra Cuba y lo que es peor, esos gobiernos doblan la cerviz como auténticos serviles.

Pasaron 12 presidentes en Washington sin lograr doblegar a la Revolución y no por falta de intentos de todo tipo: atentados dentro y fuera del país, voladura de un avión con deportistas, despliegue de plagas en las cosechas, tráfico de personas, amenazas a empresas, infiltraciones para generar acciones terroristas, distribuir generosas sumas de dinero para crear “disidentes” y un largo oprobioso etcétera.

Todo de lo que el secretario de Estado Marco Rubio la acusa de ser responsable, es Cuba la que lo padece.

¿Cuál es la enjundia que los motiva? La impunidad que da la bestialidad imperialista. Condición que señaló Ernesto Guevara cuando advirtió que no se podía confiar “ni tantito así” en ellos y que los Estados Unidos de Norteamérica eran el gran enemigo de la Humanidad. Para prueba, de los 250 años de Historia estadounidense solo en 15 no estuvieron involucrados en intervenciones militares.

Si buscan un genocidio del pueblo cubano pueden lograrlo, pero no será silencioso y tampoco sin costo para los responsables de tamaña injusticia.

De todos modos, por mi condición de cubano por opción y los profundos vínculos que me unen a ese pedacito de tierra, incluido un lazo de historia familiar, tengo la convicción de que volverán a imponer su razón ante la irracionalidad imperial y, aunque el daño recibido es profundo, podrán recuperarse.

Las personas que se conmueven y tienden la mano solidaria, siempre ven asomar las sonrisas de cubanas y cubanos cuando les llevan ayudan.

Le llaman resiliencia, pero es resistencia.


Foto: Heydy Montes de Oca

Fuente: Liliana López Foresi

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