Durante los años del llamado “Período Especial” en
Cuba, allá por los 90 del siglo XX y tras la desaparición del campo socialista
en el este Europeo, el rigor del bloqueo estadounidense aplicado desde la
administración Kennedy comenzó a sentirse con los problemas generados por la
falta de combustibles y sus consecuencias sobre el sistema energético, la
producción y distribución de alimentos, y de manera crítica en el transporte
público.
Los apagones eran tan constantes y extensos, que a los
breves momentos de luz la población los bautizó “alumbrones”. Esa manera de
enfrentar con sarcasmo las adversidades y complicaciones de la vida en ese
contexto, generó modismos en el cotidiano de cubanas y cubanos. Así, en mis
días habaneros, al saludar a algún vecino o en el encuentro casual con alguna
amistad, a mi consulta “cómo estás?” la respuesta era “en la luchita”. Un modo
de sincretizar detrás de ese verbo en diminutivo, los duros obstáculos que habitualmente
debían encarar.
Son muchas las historias y anécdotas de aquellos
tiempos, que a la distancia carecen de dramatismo por la gracia de la cubanía,
pero pierden ese toque si uno se traslada al momento y situación.
Como ejemplo el que me relató una querida y gran
amiga, Romelia (qepd), quien una vez desafió la demora en el servicio de la
“guagua” (autobús) para ir al trabajo y se quedó 7 horas (!) aguardando que
llegara, hasta que en ese momento consideró que su jornada laboral ya había
concluido en la parada y se regresó a casa. Lo contaba riéndose con ganas, pero
sé que en el momento de lo ocurrido la frustración habitual debió golpear duro
en alguien que tenía una ferviente fe revolucionaria.
En lo personal fue casi una prueba de principios, el
vivir en la isla en esas circunstancias. Quizás porque no le temo a lo frugal y
sencillo, además de que el humor cubano se me hacía como salvavidas y sentí que
si eso los mantenía a flote también podría servirme la misma virtud para atreverme,
sin privilegios de extranjeros, a la subsistencia.
Así aprendí que saber hacer uso del verbo “resolver”
en Cuba, significa comer o no, acceder a un medicamento, reparar algún aparato
indispensable y hasta conseguir yerba para el mate en un país donde el índice
de materos no es precisamente destacable. También me enseñaron a rebautizar las
cosas difíciles, trabajosas, pero necesarias, para quitarles lo azaroso de
recurrir a ellas. Como ejemplo hogareño el calentador para cocinar o calentar
agua para el mate, el café o bañarse en invierno, al que para encenderlo se
necesitaba bombear con un émbolo que ayudaba a encender la llama a base de
alcohol de quemar y luego del esfuerzo, incluso con el de varias manos, uno
acababa sin aliento y entonces para referirnos a él le pusimos de nombre de “el
Resoplay”.
La realidad cubana de hoy tiene ciertos puntos de
contacto con este breve recuento de experiencias en la Cuba bloqueada y post
soviética. Las carencias y duras condiciones son similares y también peores
porque han aparecido desigualdades sociales antes menos notorias. Porque a la
falta de luz, agua y recolección de residuos, se le suman las necesidades
urgentes que afectan al sistema de salud donde mueren pacientes por falta de
medicación o discontinuidad en tratamientos, que incluyen a niños con cáncer o
patologías que no pueden esperar. Situaciones que en aquel “Período Especial”
lograban hacer frente con la búsqueda en el exterior de insumos médicos o
materiales para desarrollarlos en laboratorios locales. Siempre había el cómo
para esquivar las sanciones unilaterales que la Casa Blanca imponía e iba
acumulando, en una carrera para ver cuál daño mayor era posible infringir con
cada medida.
Esta vez es más cruel y lo que tal vez marca la
diferencia con el pasado, es que ahora las sanciones han empeorado pero hacia
terceros países que intenten comerciar, hacer negocios, invertir o mantener al
menos una actitud amistosa.
Donald Trump ha decidido poner al mundo contra Cuba y
lo que es peor, esos gobiernos doblan la cerviz como auténticos serviles.
Pasaron 12 presidentes en Washington sin lograr
doblegar a la Revolución y no por falta de intentos de todo tipo: atentados
dentro y fuera del país, voladura de un avión con deportistas, despliegue de
plagas en las cosechas, tráfico de personas, amenazas a empresas, infiltraciones
para generar acciones terroristas, distribuir generosas sumas de dinero para
crear “disidentes” y un largo oprobioso etcétera.
Todo de lo que el secretario de Estado Marco Rubio la
acusa de ser responsable, es Cuba la que lo padece.
¿Cuál es la enjundia que los motiva? La impunidad que
da la bestialidad imperialista. Condición que señaló Ernesto Guevara cuando
advirtió que no se podía confiar “ni tantito así” en ellos y que los Estados
Unidos de Norteamérica eran el gran enemigo de la Humanidad. Para prueba, de
los 250 años de Historia estadounidense solo en 15 no estuvieron involucrados
en intervenciones militares.
Si buscan un genocidio del pueblo cubano pueden
lograrlo, pero no será silencioso y tampoco sin costo para los responsables de
tamaña injusticia.
De todos modos, por mi condición de cubano por opción
y los profundos vínculos que me unen a ese pedacito de tierra, incluido un lazo
de historia familiar, tengo la convicción de que volverán a imponer su razón
ante la irracionalidad imperial y, aunque el daño recibido es profundo, podrán
recuperarse.
Las personas que se conmueven y tienden la mano
solidaria, siempre ven asomar las sonrisas de cubanas y cubanos cuando les
llevan ayudan.
Le llaman resiliencia, pero es resistencia.


